A 30 años del asesinato de Juan Pablo Primero

Al poco tiempo de que falleciera Albino Luciani, el 28 de septiembre de 1978, apenas treinta y tres días después de ser electo sucesor de Paulo VI, comenzaron a correr diversas versiones de que el Papa había muerto asesinado y no de muerte natural, como sostenía la versión oficial.

Pero pocos prestaron atención a los señalamientos por el hecho de que éstos provenían de fuera de la Iglesia. Osho, Yallop, Cornwell, Szymanski y otros decían haber obtenido información fidedigna sobre el homicidio, el cual se habría dado en medio de escándalos de corrupción en El Vaticano. Lo que pretenden, decía la mayoría de los católicos, es embarrar a la Iglesia y acarrearle mala fama mediante una historia calumniosa y sin fundamento.
 
No fue sino hasta el año 2000, cuando se alzó la primera voz proveniente del interior de la Iglesia y, además, de un miembro respetable y con altos cargos eclesiales. El sacerdote español Jesús López Sáez, fundador de la Comunidad de Ayala, experto en Juan Pablo Primero, miembro del Equipo Europeo de Catecumenado, responsable de la Comisión de Pastoral de los Adultos en el Secretariado Nacional de Catequesis de España, publicó un libro "El día de la cuenta", en el que documentó cómo altos funcionarios vaticanos afiliados a la masonería, asesinaron al Papa Juan Pablo Primero con relación a hechos de corrupción que se estaban dando entre dicho banco -conocido como Instituto para las Obras Religiosas (IOR)- y el Banco Ambrosiano de Milán. Los más probables responsables del homicidio: el cardenal Secretario de Estado Jean Villot y el Secretario del Banco Vaticano, el obispo Paul Marcinkus.
 
La investigación, que le llevó a López Sáez quince años (1985-2000), es rigurosísima, no afirma nada que no está basado en documentos y testimonios de primera mano. Entre los más elocuentes, el de Sor Vincenza, la cual reveló que el poderoso Secretario de Estado la había silenciado, que Juan Pablo Primero no murió con el Kempis en las manos, como se había dicho, sino con unos documentos. También el testimonio del doctor Da Ros, médico personal de Luciani, afirmando que el Papa estaba en perfectas condiciones de salud, no enfermo de corazón, como se había dicho, y que él no le recetó nada telefónicamente aquella tarde del 27 de septiembre.

El comunicado de la Secretaría de Estado decía que el Papa Luciani había fallecido por un “infarto agudo de miocardio”. Pero, según el testimonio de Giovanni Gennari, profesor del Seminario Diocesano de Roma, cercano a Albino Luciani, la autopsia reveló, más bien, que el Papa había muerto por la ingestión de un fuerte vasodilatador que un médico de El Vaticano le había recetado.

Todos los testigos habían sido silenciados y obligados a sostener la versión oficial, pero una vez muerto Villot (1979) y enviado Marcinkus a los Estados Unidos (1999) se acabó el temor a las represalias y se animaron a declarar la verdad de los hechos.

Pero ¿qué sabía Albino Luciani que resultaba tan incómodo para ese grupo?

En 1972, siendo Patriarca de Venecia, había enfrentado ásperamente a Marcinkus por-que éste último había vendido la Banca Católica del Véneto al católico Banco Ambrosiano de Milán presidido por Roberto Calvi, el “banquero de la mafia”. Marcinkus había realizado esa operación sin consultar a los obispos de la región, es decir, al propio Luciani.

Cuando Luciani fue a El Vaticano para preguntar porqué la Iglesia se deshacía de una banca popular dedicada a ayudar a los más necesitados con préstamos de bajo interés, el cardenal Benelli le contestó que Marcinkus, Calvi y Michele Sindona ejecutaban operaciones para aprovechar el amplio margen de maniobra de El Vaticano. Básicamente, se facilitaba la evasión de impuestos de grandes empresas italianas, y de los valores en cartera de El Vaticano, hacia paraísos fiscales como Nassau, Bahamas, Liechtenstein y Panamá.

Sindona, quien trabajaba desde 1957 para la mafia de Palermo reinvirtiendo los beneficios del tráfico de heroína, había entablado una estrecha amistad con el recién nombrado arzobispo de Milán, Giovanni Battista Montini. Cuando éste fue elegido Papa (Paulo VI), se llevó a Sindona para colaborar en las finanzas vaticanas.

La reacción de Luciani, al escuchar las revelaciones de Benelli sobre las operaciones financieras de El Vaticano fue decirle, con gran decepción: “¿y que tiene que ver todo eso con la Iglesia de los pobres ¡en el nombre de Dios!”. El cardenal Benelli lo interrumpió y le dijo “No Albino, no en nombre de Dios, en nombre de las ganancias”. Esto se lo comentó Luciani a su propio secretario, Mario Senigaglia, tras su conversación con Benelli.

La persona a la que López Sáez denomina el “testigo de Roma”, y que fue sin duda el cardenal Eduardo Pironio, reveló que, apenas electo, Juan Pablo Primero tomó decisiones firmes en temas financieros (reforma del IOR y destitución de Marcinkus), así como hacer frente abiertamente a la masonería y a la mafia. Además, reforma de la curia y sustitución de ese grupo de clérigos masones por pastores apegados a la pobreza evangélica. El “testigo de Roma” narra que Juan Pablo Primero le dijo al Secretario de Estado Jean Villot: “las cabezas del IOR tienen que ser sustituidas, yo he padecido como obispo amarguras y ofensas por hechos vinculados al dinero. No quiero que esto se repita, el IOR debe ser íntegramente reformado. Además, la masonería, cubierta o des-cubierta, como la llaman los expertos, no ha muerto jamás, está más viva que nunca, como no ha muerto esa horrible cosa que se llama mafia. Debemos plantarnos con va-lentía ante sus perversas acciones”.

Aquel grupo de eclesiásticos masones y de financieros infiltrados en El Vaticano perte-necían, al igual que prominentes italianos, a la Logia masónica Propaganda Dos (P2), logia encubierta del Gran Oriente comandada por Licio Gelli. El 12 de septiembre de 1978, dos semanas antes del homicidio de Juan Pablo Primero, el periodista Mino Pecorelli, arrepentido integrante de la P2, publicó la lista de miembros adheridos a la Logia. El artículo fue publicado en su revista Osservatore Politico con el título “La Gran Logia Vaticana”. En la lista aparecían eclesiásticos, altos funcionarios del gobierno, generales del Ejército, miembros del Parlamento, oficiales de la policía y de los servicios secretos, jueces, propietarios de periódicos y ejecutivos de televisión, el general de Guardia Financiera Raffaele Giudice, el empresario Silvio Berlusconi, el magistrado del Tribunal Supremo Ugo Ziletti, el Ministro de Justicia Adolfo Sarti, financieros y, por supuesto, los banqueros Michele Sindona y Roberto Calvi.

En la lista aparecían 121 eclesiásticos entre los cuales Bea, Casaroli, Villot, Bugnini, Lienart, Suenens, Dadaglio, Pappalardo, Baggio, Marcinkus  y decenas de otros obispos.

Inmediatamente después de la publicación de las listas, el fiscal de Milán Pierluigi Dell’Osso ordenó el cateo de la mansión de Licio Gelli, donde se encontraron los documentos referidos por el periodista Mino Pecorelli. Licio Gelli fue detenido a los pocos días. Pecorelli fue asesinado el 21 de marzo de 1979.

La Logia se desmembró después de que en Italia se expidiera una ley prohibiendo las asociaciones clandestinas. En 1981 se atentó contra Juan Pablo Segundo y el Presidente Ronald Reagan. A inicios de 1982 el Banco Ambrosiano quebró estrepitosamente y fue asumido por el Banco de Italia. El 17 de junio de ese año Roberto Calvi fue asesinado en Londres y al día siguiente su cuerpo apareció colgado bajo el puente de Los Hermanos Negros. En marzo de 1986 Michele Sindona murió en la cárcel, envenenado con cianuro en su café. El Vaticano fue acusado de concentrar fondos secretos provenientes de los Estados Unidos para el sindicato polaco Solidaridad, para operaciones encubiertas de la CIA y para la Contra nicaragüense, todo a través del Banco Ambrosiano.

Respecto a Paul Marcinkus, la justicia italiana actuó con extrema lentitud, pero en 1987 la Fiscalía de Roma ordenó finalmente su detención. El Papa Juan Pablo Segundo prefirió crear un conflicto diplomático con Italia antes que dejar caer a Marcinkus y se negó a entregarlo invocando la inmunidad diplomática. Marcinkus había canalizado más de $50 millones de dólares del IOR hacia el sindicato católico en Polonia, algo que Juan Pablo Segundo siempre agradeció enormemente. Por ello, Marcinkus se había convertido en una figura todopoderosa dentro de El Vaticano. Por su parte, Calvi y Sindona encubrían las pérdidas del IOR a través del Ambrosiano, siendo el Banco de El Vaticano uno de los accionistas. El agujero total era de $1,400 millones de dólares.

Cuando los cateos, en los archivos del Ambrosiano se encontraron cartas de patrocinio firmadas por Marcinkus, en nombre del IOR, respaldando las operaciones de Roberto Calvi. Tratándose de un compromiso de carácter moral El Vaticano se vio obligado a asumir el pago de millones de dólares a los acreedores del banco. Para salvar la quiebra del Ambrosiano, Roberto Calvi recurrió al Opus Dei, el cual compró el 16% de las ac-ciones del banco por $240 millones de dólares a cambio de varios privilegios dentro de la Iglesia.

Marcinkus permaneció encerrado durante mucho tiempo tras las murallas vaticanas, hasta que la orden de detención fue revocada por el Tribunal Supremo, a instancias de El Vaticano, invocando los Tratados de Letrán de 1929. Juan Pablo Segundo finalmente cesó a Marcinkus del IOR en 1989, y diez años después lo transfirió a Sun City, en los suburbios de Phoenix, Estados Unidos, donde siguió jugando golf hasta su muerte, ocu-rrida el 21 de febrero de 2006 por una crisis cardiaca.

Respecto al atentado contra Juan Pablo Segundo, el turco Ali Acca confesaría, años más tarde, que pudo ejecutarlo gracias a los servicios secretos búlgaros, la Embajada de Alemania en Italia y a varios funcionarios vaticanos que lo ayudaron a llegar hasta la Plaza San Pedro.

Según el testimonio de don Germano Pattaro, consejero teológico personal de Albino Luciani, a los pocos días de iniciado el pontificado el Papa ya sabía que se fraguaba un complot en su contra, intuía su muerte y sabía quién sería su sucesor. Esto no es normal en un Papa recién elegido, con buena salud y de no avanzada edad. Don Germano refiere que un día el Papa le dijo: “Me siento y soy más pobre que antes. Soy el ins-trumento de un designio de Dios que me supera y me transciende. Por cuánto tiempo, no lo sé. Pero no será por mucho. Ya hay uno que tomará mi puesto. En el cónclave estaba sentado frente a mí. Pablo VI lo había preconizado cuando lo escuchó en las meditaciones tenidas en el Vaticano durante los ejercicios espirituales en la cuaresma del 77”.

A treinta años de su asesinato, es justo hacer honor a la memoria de Juan Pablo Primero.

El patriarca de Venecia siempre recibía a los pobres, a quienes llamaba “los verdaderos tesoros de la Iglesia”. Hacía sus recorridos pastorales en bicicleta o usando una barca prestada por los bomberos o los hospitales de la diócesis. Asimismo, autorizó a rectores y párrocos de los santuarios a vender tiaras y objetos preciosos (él mismo vendió su pec-toral de oro, de Pio Xll) para las obras de misericordia de Don Orione.

Luciani comía muy frugal y rápido, sin prestar atención a la comida. A veces, con las sobras del algún banquete mandaba preparar su comida del día siguiente.

Al asumir como Papa desestimó la tiara de rubíes, zafiros y esmeraldas, la silla gestatoria y el pomposo protocolo. Simplemente subió los escalones del altar y celebró la misa.

Se aparecía de improviso en las oficinas de la curia (que pensaba reformar) y había em-pezado a recorrer los hospitales y asilos de Roma.

A los pocos días de que Mino Pecorelli publicara “La Gran Logia Vaticana”, nombrando a encumbrados personajes adheridos a la masonería, el Papa Luciani le dijo al cardenal Villot que pensaba aplicar cirugía mayor. Después de larga discusión, le entregó el proyecto con los cambios que pretendía impulsar: todos los prelados masones perderían su puesto. Y agregó: “en lo que me concierne, mi única misión es la de no traicionar a Nuestro Señor Jesucristo”.

Decía Luciani: “la Iglesia no debe tener poder ni poseer riquezas. Quiero ser el padre, el amigo, el hermano que va como peregrino y misionero a ver a todos, que va a llevar la paz, a confirmar a hijos y a hermanos en la fe, a pedir justicia, a defender a los débiles, a abrazar a los pobres, a los perseguidos, a consolar a los presos, a los exiliados, a los sin patria y a los enfermos”. Ese era su programa de vida y de pontificado.

En justicia, a treinta años de su homicidio, debemos rechazar la idea de un Papa débil, enfermo, incapaz, a quien el peso de la curia y de la Iglesia le ocasionó un infarto. No, no fue la curia, sino algunos que, dentro de ella, vieron amenazados sus intereses.

Y si Juan Pablo Segundo emprendió una reforma canónica para que las causas de martirio se acrediten no sólo por “odio a la fe”, sino también por “amor heroico”, bien se podría afirmar que Juan Pablo Primero es un mártir, y su causa de beatificación, que ya concluyó la fase diocesana, se vería decididamente acelerada. Sería un gran reconocimiento para el “Papa de la sonrisa” que en pocos días cautivó al mundo con su sencillez.

Por cuanto toca al sacerdote Jesús López Sáez, hay que agradecerle enormemente que haya realizado tan valiente investigación en medio de no pocas dificultades, y que fi-nalmente se haya decidido a subir su libro a la Internet para poder ser descargado gratui-tamente. Es un monumento histórico a la verdad: www.comayala.es/Libros/ddc

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