Articles

La ignorancia supina del ministro Arturo Zaldívar

 

universo

Con relación a la iniciativa de Peña Nieto acerca de los "matrimonios" homosexuales, el 19 de mayo de 2016, el ministro Arturo Zaldívar declaró que la Iglesia no debe meterse a opinar en temas de moral pues vivimos en una "sociedad laica". Le respondemos con unas reflexiones magistrales del padre Julio Meinvielle con las que demostramos que Zaldívar no ha hecho más que demostrar su enorme y muy lamentable ignorancia.

Julio Meinvielle (1905-1973) fue un sacerdote argentino, doctor en filosofía y en teología. Escribió 14 libros, entre los cuales "Concepción católica de la política", de donde tomamos este capítulo.

Al final de éste, el mensaje que le manda a Zaldívar el cardenal Juan Sandoval.

Y solo le informamos a Zaldívar que la palabra "matrimonio", y su contenido jurídico, no puede aplicarse a las parejas homosexueales, es una contradicción in terminis, ya que ésta deriva del latín, "mater-munus", que significa el "papel de la madre", y es una  figura jurídica que inventó el derecho romano (muchos años antes de Cristo y de la Iglesia), para que la madre pudiera tener hijos dentro de la ley. Bastaba con alargar la figura jurídica ya aprobada en el DF de "sociedades en convivencia", en la cual ya se reconocen todos los derechos a cualesquier persona que quiere vivir unida a otra. Pero no llamarle "matrimonio", eso es simple y sencillamente una estupidez mayúscula....

 

Dios, autor de la sociedad política

Sólo el Catolicismo, que establece eficazmente la trascendencia de Dios sobre todo lo creado y la absoluta dependencia del hombre con respecto a su Creador, puede salvarnos del absurdo de las concepciones estatistas o liberalistas en la política.

Es cierto que la libertad de que está dotado el hombre es una perfección específica de su naturaleza, y muy excelente, pero no es la perfección. La perfección es la plenitud racional, esto es, la operación de aquellas acciones que están proporcionadas a la razón, principio especificativo de su obrar, si se trata de una perfección puramente humana; o de las que están en proporción con los movimientos divinos, si se trata de la perfección sobrenatural, acordada gratuitamente al hombre por la Causa Primera.

El hombre ha de aspirar a su perfección; no nace con ella, pero puede poseerla; su inteligencia y su voluntad tienen capacidades en cierto modo infinitas, como el Ser que es su objeto adecuado. Pero respecto a este Ser se halla en estado de pura posibilidad como tabla rasa, en la que nada se ha escrito (SUMA TEOL. I, q. 79, a. 2). Ha de lograrla con sus actos tendiendo hacia el Ser que está fuera de él. Con sus actos libres; pero no basta que sean libres para que le perfeccionen; deben ser actos buenos libremente ejercidos.

La posibilidad de obrar mal no es propia de la perfección de su libertad; es más bien su debilidad, como es debilidad de su inteligencia el equivocarse y errar. De ahí que sea un absurdo anti humano radicar la perfección del hombre en la ilimitación de su libertad, como si estuviese dotado de un puro autonomismo. El hombre está sujeto a una ley, anterior a él, que le acompaña en su existencia, y esta ley, lejos de rebajarle, constituye su gloria, porque, reclamada intrínsecamente por la perfección propia de su ser, es la garantía de su perfeccionamiento. Inversamente, todo puro autonomismo, precisamente porque no corresponde a las exigencias reales de su estructura interna, lo violenta, lo degrada y destruye. Sería corno substraer el mundo de los astros a las leyes que condicionan su movimiento: en uno y otro caso, la consecuencia inevitable es el caos.

Existe, pues, una ley eterna en la Inteligencia del Creador, que ordena los principios de ser y de acción a que han de ajustarse todos los seres por creados. Esta ley eterna, en cuanto está grabada en la esencia misma de las cosas, se conoce con el nombre de ley natural.

La ley natural, participación de la ley eterna, no es, por lo tanto, algo exterior a las cosas, como impuesto desde afuera. Es su propia constitución interna ajustada a un modo específico de obrar. Es recibida, como es recibido el ser: por el mismo acto creador. En este sentido es inmanente, porque se halla identificada con la naturaleza de la cosa.

Entre los seres creados hay algunos que, privados de inteligencia y libertad, están físicamente necesitados en su operación, de suerte que no pueden querer obrar de otro modo que el que les exige su naturaleza. Siguiendo a Santo Tomás, se pueden repartir estos seres en tres grandes jerarquías, que comprenden los cuerpos brutos, las plantas, los animales. La ley natural importa en ellos una necesidad física que no pueden quebrantar.

El hombre, dotado de inteligencia y, consiguientemente, de libertad, tiene su naturaleza especifica sujeta también a un modo normal o natural de obrar; es decir, exigido por su naturaleza. Así, su naturaleza de hombre exige que ame a sus progenitores, que a nadie haga daño, que piense rectamente sin desviarse de la verdad. Esto que su naturaleza exige es en él la ley natural; que en cuanto se halla en la inteligencia ordenadora de Dios, se llama ley eterna.

Esta ley no lo sojuzga físicamente, como ocurre con los demás seres inferiores; aunque le exige un determinado modo de obrar, puede él querer obrar de otro modo; puede contrariarla y quebrantarla. Importa sólo una necesidad moral, que no debe, pero que puede quebrantar.

Si el hombre, en su obrar, se ajusta a la ley natural, obra virtuosamente; si no se ajusta, obra viciosamente. A la ley natural -dice Santo Tomás (I - II, q. 94, a. 3)- pertenece todo aquello a que está el hombre inclinado por su naturaleza, Ahora bien, cada cual está inclinado a la operación que le es conveniente según su forma, como el fuego a la operación de calentar. Siendo el alma racional la forma propia del hombre, hay en cada hombre inclinación natural a obrar según la razón, es decir, virtuosamente.

Sabido es que no cualquier inclinación, sino tan sólo la inclinación a obrar según la razón puede considerarse en el hombre como una ley impuesta por su naturaleza. Y así las malas inclinaciones, que proceden de su naturaleza viciada, lejos de considerarse de ley natural, han de mirarse como violatorias de ese admirable orden que las mismas esencias de los seres proclaman. Y en el hombre la razón es como una luz por la cual discierne lo que es bueno y lo que es malo. Y esta luz es como una impresión en el hombre de la divina luz que ha señalado sus límites a cada cosa.

Santo Tomás ha fijado esta doctrina con una simplicidad maravillosa, cuya belleza no podrá ser superada. Demuestra así la existencia de la ley eterna: La ley, conforme hemos expuesto en la cuestión precedente, no es otra cosa que el dictamen de la razón práctica del príncipe que gobierna una comunidad o sociedad perfecta. Ahora bien, es evidente, si se admite -y nosotros lo hemos probado ya- que el mundo es regido por la Divina Providencia, que la comunidad toda entera del universo es gobernada por la razón divina; por consiguiente, esa razón del gobierno y ordenación de todas las cosas existentes en Dios como en un supremo monarca de todo el universo, tiene carácter de ley. Y comoquiera que la razón divina no concibe nada en el tiempo, sino que todas sus concepciones, como se escribe en el libro de los Proverbios, son eternas, por fuerza debe llamarse eterna esa ley que rige los destinos del mundo (I - II, q. 91, a. 1).

Y demuestra en seguida el Angélico Doctor cómo esta ley eterna, en cuanto está impresa en la naturaleza racional del hombre, se llama ley natural.La ley -dice (I - II, q. 91, a. 2)-, por su carácter de regla y medida, puede hallarse en un sujeto de dos maneras: en cuanto ese sujeto es regulador y mensurador, o en cuanto ese sujeto es regulado y medido. Porque una cosa participa de una regla o medida en cuanto es regulada o medida. Ahora bien, hallándose todas las cosas sometidas a la divina Providencia y, por consiguiente, reguladas y medidas por la ley eterna -así consta de lo dicho en el artículo precedente -, todas participan de la ley eterna de alguna manera, a saber: en cuanto la impresión de esta ley en sus naturalezas las impulsa a obrar y las hace tendidas a sus respectivos fines.

En este plan de sujeción a la divina Providencia sobresale el hombre entre los demás seres porque no solamente participa como ellos de ese influjo, sino que es capaz de ser su propia providencia y la de los demás. Participa, pues, de la razón eterna; ésta le impulsa a obrar y ésta le fuerza a buscar y seguir la senda que le conduce a su destino. Y semejante participación de la ley eterna en los seres racionales es lo que se llama ley natural. He aquí por qué el Salmista, después de haber cantado: "Sacrificad a Dios un sacrificio de justicia", como si se le preguntara cuáles son las obras de justicia, añade: "Muchos dicen: ¿quién nos mostrará el bien?". Y en respuesta de tal pregunta, nos dice: "La luz de tu rostro, Señor, ha quedado impresa en nuestras mentes"; como si la ley de la razón natural por la cual discernimos lo bueno y lo malo -tal es el objetivo y la finalidad de la ley natural- no fuera otra cosa que una cierta impresión de la ley divina en el hombre. De donde resulta que la ley natural no es más que una participación de la ley eterna en la criatura racional.

Por esta ley natural está grabado en la razón de todo hombre el orden de la moralidad, o sea, de lo que es bueno y de lo que es malo, de lo que debe hacer y de lo que debe evitar; y de tal suerte grabado, que en sus enunciados más universales no puede ser arrancado del corazón humano. Transcribimos textualmente la exposición del Angélico, porque su modo de razonamiento es sumamente ilustrativo y educativo para las torcidas inteligencias modernas.

Integran, dice (I - II, q. 94, a. 6), el contenido de la ley natural -lo hemos dicho ya- primeramente ciertos preceptos universalísimos, de todos conocidos; después otros más secundarios y particulares que son como las conclusiones inmediatas de aquellos primeros principios. En orden, pues, a los preceptos universalísimos, la ley natural no puede en manera alguna ser abolida del corazón humano en el terreno puramente cognoscitivo; puede serlo en el terreno de la práctica y respecto de algo particular, en cuanto que las pasiones o la concupiscencia desordenada son un impedimento ala aplicación de la ley de los principios a tales acciones en particular. En orden a los preceptos secundarios, la ley natural puede llegar a desaparecer del corazón del hombre a causa de las malas persuasiones (del mismo modo que en el campo teórico pueden darse errores respecto a las conclusiones mismas necesarias), o de la depravación de las costumbres y perversión de los hábitos, o disposiciones naturales impulsivas hacia el bien, como lo demuestra el hecho de que para ciertas gentes el robo no era una injusticia, y los pecados contra la naturaleza -de esto da testimonio el Apóstol- eran considerados como lícitos.

No podemos entrar a considerar directamente la política si no transcribimos un artículo importantísimo, lleno de luz, en el que Santo Tomás establece que la ley natural contiene diversos preceptos que ocupan diverso sitio en una jerarquía de valores. Este artículo tiene capital importancia para nuestro estudio, no sólo porque indica el punto preciso de unión entre la sociedad política y la ley natural, sino porque compara y relaciona este punto con otros derechos naturales del hombre.

Dice así: Como el ser, en todo orden de cosas, es lo primero que cae bajo la acción perceptiva de la razón especulativa, así el bien es lo primero que aprehende la razón práctica, ordenada a la acción. Como quiera, pues, que todo agente obra por un fin, y el fin tiene naturaleza de bien., el primer principio del orden práctico deberá ser aquél que se funda, inmediatamente en la rama de bien: bien es lo que todo ser apetece. He aquí, pues, formulado el primer precepto de la ley: "se debe hacer el bien y evitar el mal". Sobre este primer precepto se fundan todos los demás preceptos de la ley natural. de tal suerte que todo lo restante que deba ser hecho o evitado en tanto tendrá carácter y naturaleza de precepto natural, en cuanto la razón práctica lo juzga naturalmente como un bien humano. Pero como, por otra parte, el bien tiene razón de fin, y el mal razón de lo contrario, la inteligencia percibirá como bien y, por consiguiente, como necesariamente practicable, todo aquello hacia lo cual siente el hombre una inclinación natural; y como un mal que a toda costa debe evitarse, aquello otro que contraría y se opone a ese bien. El orden, por consiguiente, de los preceptos de la ley natural será en todo paralelo al orden de las inclinaciones naturales. Veamos este orden.

Hay, primeramente, en el hombre una inclinación hacia un bien, que es el de su naturaleza; inclinación común a todos los seres, pues todos apetecen su propia conservación, según las exigencias de su propia naturaleza. Correspondientemente a esta inclinación, es preciso integrar la ley natural con todos aquellos preceptos que se refieren a la conservación de la vida del hombre, o que vienen a impedir los males contrarios a esa vida. Existe una segunda inclinación -hija, asimismo, de la naturaleza humana, pero desde el punto de vista en que comunica con los demás animales- hacia un bien más particular, más concreto. Conforme a esta inclinación, pertenecerán a la ley natural todas aquellas prescripciones que versan sobre lo que la naturaleza enseña a todos los animales: la procreación, o perpetuación de la especie; la formación y crianza de los hijos, y otras de esta índole. Finalmente, se encuentra en el hombre una tercera, propia suya, fruto de su naturaleza peculiar, racional, específica, hacia un bien más peculiar y concreto: el conocimiento de las verdades divinas; la convivencia social. Equivalente a este orden de inclinaciones naturales, serán preceptos de la ley natural aquéllos que proscriben la ignorancia y recriminan las injusticias sociales, quebrantadoras de la paz ciudadana, etc., (I - II, q. 94, a. 2).

Supuestos estos preámbulos indispensables, porque de la negación de la ley eterna arrancan todos los desvaríos modernos en el orden moral, es fácil demostrar que la sociedad política está exigida por la naturaleza del hombre, o sea que es de ley natural.

Nadie ha demostrado con mayor perfección que Santo Tomás, en el opúsculo DEL REINO, que a sociedad política está postulada por las raíces mismas de la vida del hombre, porque sin ella no puede éste lograr su perfección propia en el triple orden material, intelectual y moral. Sigamos en sus razonamientos al Doctor Angélico:

El hombre viene al mundo en estado de desnudez, sin que le provea la naturaleza de alimentos, vestido de piel, medios de defensa, tales como los dientes, cuernos, uñas, o al menos ligereza en la fuga. Es cierto que en lugar de todo esto está provisto de razón, por medio de la cual puede hacerse, con el trabajo de sus manos de cuanto necesite; pero uno solo no es suficiente para ello, sino que han de unirse muchos en sociedad.

Además, en los otros animales hay como depositada una habilidad natural para discernir lo útil de lo dañoso. Así la oveja reconoce instintivamente en el lobo a un, enemigo, y otros animales conocen, gracias a esta habilidad, ciertas plantas curativas y cuanto les es necesario para vivir.

El hombre también posee el conocimiento natural de lo que necesita para vivir, pero solo en general; para llegar a conocer las cosas particulares necesarias a la vida humana tiene que usar de su razón partiendo de principios universales. Ahora bien, no es posible que un solo hombre alcance con su razón todas las cosas de este orden; luego, necesita vivir en sociedad con otros muchas para ayudarse mutuamente y poder consagrarse a investigaciones racionales especializadas: así uno a la medicina, etc.

Tan cierto es que el hombre no puede alcanzar su perfección sino beneficiándose de todos los bienes materiales, intelectuales y morales que producen los demás miembros de la colectividad social, que para ello posee el lenguaje, con el cual puede mantener un comercio con sus semejantes mucho más estrecho que cualquier otro animal de los que viven agrupados, como la grulla, la hormiga y la abeja. Esta consideración hace decir a Salomón, en el ECLESIASTÉS, 4, 9: "mejor es que estén dos y no uno, pues cada uno se beneficia de la mutua compañía".

Ni se diga que podría el hombre lograr estos bienes en la sociedad doméstica, porque si bien ella sola puede suministrarle lo estrictamente indispensable para una vida rudimentaria, no puede proporcionárselos con la suficiencia requerida, ni le es posible abastecerlo de ciertos bienes intelectuales y morales que son fruto de largos estudios y se transmiten por tradición.

Ni se crea que sólo en la indigencia en que nace actualmente el hombre se funda la razón de ser de la sociedad política; ella nace de su ingénita condición social de creatura inteligente y libre, de suerte que, como explica Santo Tomás (SUMA TEOLÓGICA, I, q. 96, IV l), aun en el estado de inocencia los hombres hubiesen vivido socialmente, y habría quien ejerciese mando sobre otros.

De todo esto se sigue que la sociedad política es un producto natural, o sea reclamado por los impulsos sociales que hay depositados en todo hombre. Luego Dios, autor de la naturaleza humana, es autor de la sociedad política.

El artificialismo de Rousseau y el agnosticismo de Maurras quedan radicalmente excluidos de la ciencia política.

Observemos, contra Maurras, que este impulso social no es forzoso ni ciego como un instinto. Santo Tomás ha empleado una fórmula luminosa para explicar su naturaleza; dice que hay inclinación a la vida social como a las virtudes (Comm. in Pol. I. 1). Es decir, que así como en la voluntad del hombre Dios ha puesto ciertas apetencias que nos dan capacidad e impulsan a obrar virtuosamente apetencias que no nos fuerzan, que podemos contrariar, así también el impulso que nos mueve a la vida social.

Esta observación nos indica, desde ya, que la realidad política es esencialmente ética en su misma interna constitución, pues el movimiento que la funda no es la voluntad libre pura ni un instinto forzoso, sino un movimiento intrínsecamente moral y moralmente obligatorio. Así como es obligatoria tender a la propia perfección, es obligatoria la vida en sociedad. Por lo tanto, es el orden moral quien da existencia y rige la vida política.

Ahondemos el análisis en la estructura de la realidad política para ver cómo en su misma médula es una realidad moral. Al mismo tiempo descubriremos la ley fundamental única de toda sociedad política: el bien común temporal.

Analizando las tendencias profundas del hombre y la indigencia potencial con que viene al mundo, decíamos que es necesaria su incorporación a una sociedad que le asegure lo indispensable para la vida, ea quæ sunt vitæ necessaria; esta sociedad, cuya constitución no nos interesa aquí, es la familia, con su triple ordenación conyugal, parental y heril. Pero como ella por sí sola no puede asegurarle más que lo estrictamente imprescindible, decíamos que es necesaria una sociedad más amplia donde las familias se congreguen para lograr una perfecta suficiencia de vida, vitæ suficientiam perfectam.

Ahora bien, ¿de qué naturaleza es este bien que busca el hombre en la comunidad social? Es, por de pronto, un bien que no le pueden procurar ni la familia ni las sociedades particulares por sí solas; luego es un bien supraindividual y suprafamiliar, o sea un bien común. Además, es un bien exigido al presente por la indigencia del hombre en su condición terrestre; luego, es un bien común temporal.

Un bien; pero ¿de qué naturaleza? ¿Material, moral, espiritual, sobrenatural? El análisis que nos descubrió la necesidad natural de la sociedad política descubre asimismo la naturaleza de este bien.

El hombre, repetimos, se siente inclinado por naturaleza a la vida social, pues sólo en ella puede lograr su perfección. ¿En qué consiste su perfección? El hombre alcanza su perfección en la plenitud racional, esto es, en la consumación de todo su ser, que, si es cuerpo, es también, y sobre todo, alma inteligente, con capacidades intelectivas y morales.

Luego, el bien que la sociedad política ha de procurar al hombre es el bien de todo el compuesto: el bien humano. Bienes económicos y materiales, sin duda; pero también intelectuales y morales. Sobre todo éstos, porque son ellos los que especifican al hombre, levantándolo sobre toda la escala de seres inferiores. Y aun los bienes económicos subordinados a los espirituales; porque en el hombre el cuerpo está subordinado al alma, y las operaciones vegetativas y sensitivas se requieren en cuanto son necesarias al ejercicio de la pura vida intelectiva (SUMA TEOLÓGICA I, q. 76, a. 5)

Por eso observa León XIII que "si una sociedad no busca sino ventajas exteriores, la elegancia y abundancia de los bienes de la vida, si se hace profesión de despreciar a Dios en la administración de la cosa pública y de no preocuparse de las leyes morales, se aparta criminalmente de su fin y de las prescripciones de la naturaleza, y no es en realidad una sociedad y comunidad humana, sino una mentirosa simulación de sociedad".

Nótese que si se descuida este fin moral, no sólo se peca contra la religión, sino contra el mismo fin de la sociedad. Se peca aun en el puro orden político. Porque el fin propio de la política es asegurar eltotum bene vinere, la plena vida buena, de la comunidad social. Hasta se podría demostrar que si la política tiende tan sólo a procurar los bienes económicos, en detrimento de los morales, de tal suerte se corromperá que será incapaz de procurar los económicos. Porque, como en éstos, la subordinación a los morales es esencial; privados de ésta su condición esencial, se corrompen. Es precisamente el caso delas sociedades políticas modernas, tan profundamente sumergidas en el materialismo, que han llegado a hacer imposibles las simples condiciones materiales de vida.

Precisando más, este bien común temporal de la ciudad debe cumplir las tres condiciones que señala Santo Tomás en el DEL REINO, L. I, cap. 15. La primera, que asegure la paz de todos los que forman la comunidad. Para ello, todos los individuos y todos los grupos deben verse protegidos en sus derechos, de suerte que se logre una comunidad con un régimen de vida estable y armónico, sin injusticias y sin disimetrías irritantes. La segunda, que todos los individuos y los grupos sociales, estrechamente unidos por el vínculo de paz, se empeñen en la empresa común de alcanzar un alto nivel de convivencia humana y virtuosa. La tercera, que por la industria del poder público y bajo su dirección, todos los individuos y grupos sociales alcancen y tengan a su disposición abundancia de bienes materiales, culturales y espirituales, que aseguren la plenitud de una vida virtuosa, digna del hombre, en el grado más alto que permite un determinado desarrollo cultural.

Esta suma de bienes que constituye el patrimonio de una sociedad en un momento determinado es fruto y efecto de la aspiración y tendencia de todos los individuos y grupos sociales hacia el bien común inmanente de la sociedad.

Este bien común inmanente no existe sólo como una realidad hecha, sino como una realidad a conseguir. Por él, es cierto, nos movemos a querer mantener los bienes reales que ya poseemos; pero nos movemos también a querer su acrecentamiento, y esto en forma indefinida. De aquí que este bien tenga como dos caras: una que mira a la sociedad y por la que se identifica con la sociedad misma y con todos los bienes que ella posee y proporciona. Este bien, aunque es común, es decir, que no perfecciona a uno exclusivamente, sino a todos, es también propio de cada uno, y más propio y perfectivo que el bien privado y particular que el que un individuo o grupo puede poseer. La otra cara del bien común inmanente mira a Dios, bien común trascendente, y se siente atraído por El. La sociedad, que, como hemos dicho, es algo natural al hombre, sale de Dios y vuelve a Dios. De aquí que esta inclinación que en definitiva mueve al hombre y a la sociedad hacia Dios, bien común, como hacia su último y supremo fin, sea causa también de todos los bienes, y también del social, hacia los cuales aspira el hombre sin tomar jamás descanso. Por ello el hombre y la sociedad se sienten acicateados por una aspiración inagotable de progreso. Pero de progreso hacia la verdad y el bien, cuya plenitud sólo se alcanza en Dios. De aquí que el bien común temporal de toda sociedad sea divino, porque viene de Dios y a Dios conduce.

 El cardenal Juan Sandoval contesta al ministro Zaldívar:

tenemos derecho a hablar, no nos pueden callar, vivimos en una sociedad democrática

-aunque esa democracia sea de fachada-.

Nos encaminamos a un estado totalitario: la Suprema Corte no puede mandar