Las Sagradas Escrituras no solo predijeron la destrucción del Templo de Salomón, la cual ocurrió en el año 70 d.C., sino también la "diáspora", expulsión del pueblo judío de la tierra prometida, que se concluyó en el año 135 d.C.

Dice claramente el Deuteronomio: "Y seréis arrancados de sobre la tierra a la cual entráis para tomar posesión de ella. Y Yahvé te esparcirá por todos los pueblos, desde un extremo de la tierra hasta el otro extremo" (Dt 28, 63-64).

También Jesucristo predijo ambas cosas: "Por cuanto a esto que veis (la majestuosidad del Templo), días vendrán en que no quedará piedra sobre piedra (Lc 21, 6) ...Caeréis a filo de espada, y seréis llevados cautivos a todas las naciones" (Lc 21, 24).

Las dos cosas fueron permitidas por Dios contra su pueblo como un castigo por haber rechazado a su propio Hijo, por haber dado muerte al Mesías que les fue enviado. A partir de esos acontecimientos, por cerca de dos mil años Dios ha guardado silencio respecto a su pueblo permitiendo todo tipo de persecuciones.

En nuestros días, Dios ha vuelto a intervenir parcialmente a favor de los judíos. El profeta Ezequiel, entre otros, predijo que, después de la diáspora, los israelitas volverían a ser traídos por Dios a la tierra prometida: "He aquí que tomaré a los hijos de Israel de entre las naciones a donde los dispersé, y los reuniré y los volveré a traer a su tierra" (Ez 37, 21). Esa profecía se cumplió el 14 de mayo de 1948, cuando se creó el Estado de Israel. A partir de entonces comenzaron los así llamados "Últimos Tiempos", la parte final de lo que Jesucristo y San Pablo llamaron los "tiempos de los gentiles" (Rm 11, 25-26), mismos que estamos a poco de concluir para dar paso a los "tiempos del Reino", el gobierno soberano de Cristo en el mundo, que los judíos se verán obligados a aceptar debido a la traición dal falso mesías, llamado por Juan el "anticristo".

Jesús anunció claramente a sus discípulos el final de esta etapa de la historia de la salvación que estamos viviendo en la que, después de haber sido rechazado por los judíos, Dios se volvió a los gentiles para invitarnos a formar parte de su Iglesia: "Y Jerusalén será hollada por los gentiles, hasta que los tiempos de los gentiles se cumplan" (Lc 21, 24).

Lo que sigue ahora, después del retorno de los Judíos a Palestina, es la guerra de Gog y Magog, descrita por el profeta Ezequiel, en la que Rusia y países árabes atacarán a Israel: "He aquí que estoy contra ti, Gog, príncipe soberano de Mésec y Tubal (actual Rusia) (...) te sacaré con todo tu ejército (...) Con ellos están Persia (hoy Irán), Cus (Etiopía) y Fut (Libia), todos ellos armados con escudo y yelmo. Gómer, con todas sus tropas, y la casa de Togarma (Turquía), desde el lejano norte con todas sus tropas y muchos pueblos contigo (...) Después de muchos años invadirás un país salvado de la espada, reunido de muchos pueblos a los montes de Israel (...) En los últimos días atacarás a mi pueblo Israel como nublado para cubrir la tierra" (Ez 38, 3-8, 16).

Pero esa guerra mundial, en la que varios países se unirán para atacar a Israel (y a Europa, según las revelaciones privadas) se frustrará y concluirá, como dice Ezequiel, con una portentosa intervención divina que extinguirá la invasión. Lamentablemente, el conflicto terminará con la firma de un falso acuerdo de paz, firmado por el personaje a quien el profeta Daniel llamó la "cuarta bestia" (denominado por San Juan el "anticristo"), el cual dominará el mundo, a partir de ese momento, durante siete años: "y por otra semana sellará un pacto con muchos" (Dn 9, 27).

Erróneamente, el mundo entero proclamará que la guerra ocurrida fue la batalla de Armagedón, que el milenio de bienestar ha comenzado, y que el nuevo líder surgido de las cenizas del conflicto mundial es el mesías esperado.

Pero en realidad, lo que habrá empezado es el engaño supremo, la falsa paz y, con ella, la batalla final entre el bien y el mal, entre el ungido de Satanás y el verdadero Mesías, el cual volverá realmente siete años después (al final de ese periodo de engaño y tribulación) para derrotar al anticristo e instaurar su reino de justicia, de santidad y de paz verdadera.

La falsa paz instaurada por el anticristo y su falso profeta, que estará al frente de las religiones unificadas, es un remedo de la verdadera paz que Jesucristo ofrecerá realmente a su regreso. La falsa paz es el último intento de Satanás por engañar a los hombres y perderlos bajo su seducción y dominio.

La apertura del primer sello del apocalipsis nos describe la falsa paz impuesta engañosamente por el anticristo. El sistema de la falsa paz está representado por un jinete que cabalga sobre un caballo blanco (Ap 6, 1-2). Para que la falsa paz mundial sea posible, previamente tuvo que haber una crisis global, una gran guerra de bandera falsa que unifique a todos los poderes religiosos y políticos bajo un nuevo consenso universal, y que entronice al líder que proponga esa paz mundial. Eso es precisamente el resultado que provocará la Guerra de Gog y Magog. "Vi cuando el Cordero abrió uno de los sellos, y oí a uno de los cuatro seres vivientes decir como con voz de trueno: Ven y mira. Miré y he aquí un caballo blanco; y el que lo montaba tenía un arco; y le fue dada una corona, y salió venciendo, y para vencer" (Ap 6, 1-2).

El jinete montado en el caballo blanco es el anticristo perno no como individuo, al igual que los otros tres jinetes tampoco son personas concretas. Es, más bien, un sistema, una fuerza (de la falsa paz), misma que el segundo jinete (caballo bermejo) hará desaparecer con el segundo sello (Ap 6, 4), provocando las situaciones de hambre (tercer sello-jinete negro, Ap 6, 5-6) y de muerte (cuarto sello, caballo amarillo, Ap 6, 7-8) que normalmente son las dos consecuencias de la guerra. Con todo, el anticristo, y sobre todo su falso profeta, tendrán que ver con la promoción de esa paz engañosa que consiste en una concordia universal neopagana, meramente humana y ausente de la salvación operada por Jesucristo.

El jinete del caballo blanco lleva un arco, pero no flechas, lo cual revela que su conquista es por engaño, no por victorias sangrientas. Tiene una corona pero no la de un rey, sino la de alguien que detenta el poder por la astucia y el engaño. Se la adjudica.

Por otro lado, el caballo blanco que Jesucristo montará en su Parusía es un caballo de fuerza real y propia, no un sistema o una metáfora. San Juan nos dice que así descenderá Jesús para derrotar al anticristo en el Valle de Armaguedón, al norte de Israel: "Y vi el cielo abierto; y he aquí un caballo blanco, y el que lo montaba era llamado Fiel, el Verdadero, el que con justicia juzga y hace la guerra" (Ap 19, 11). Y los Hechos de los Apóstoles confirman que el retorno de Cristo será físico: "Ese mismo Jesús que habéis visto subir a los Cielos, así vendrá, como le habéis visto ascender" (Hch 1, 11). También los evangelios: "Después de la tribulación de aquellos días veréis al Hijo del hombre venir sobre las nubes con gran poder y gloria" (Mt 24, 29 y Sin.)

Posteriormente a la Guerra de Gog y Magog, en la que intervendrán muchas naciones, el anhelo de paz servirá al anticristo de trampa satánica para posicionarse sobre el mundo. Esa "Bestia del Mar" (poder político) profetizada por Daniel, convencerá a todos de que él puede proporcionar al mundo la paz. Especialmente engañará a Israel, que desde su retorno a la tierra prometida lleva décadas deseando la paz y esperando que llegue un mesías para dársela: "y por otra semana (siete años) confirmará (el anticristo) un pacto (de Israel) con muchos" (Dn 9, 27).

Pero la falsa paz y el pacto firmado por el falso mesías en favor de Israel durarán tan solo tres años y medio ("media semana"). La falsa paz traída por el anticristo y la religión unificada del falso profeta se interrumpirá cuando el falso mesías viole el acuerdo, traicionando al pueblo judío, profanando el templo y haciéndose adorar como Dios. A partir de allí comenzará a perseguir no solo a los cristianos, sino a todos aquellos que no se sometieron a la falsa paz de su gobierno mundial, incluidos los propios judíos.

Para lograr establecer su gobierno mundial, el anticristo requiere de la unificación de las religiones. Solamente estableciendo una religiosidad universal, en la que todos los credos puedan convivir pacíficamente como hermanos, es posible establecer ese Nuevo Orden mundial. Dicha convivencia requiere que cada religión renuncie a cualquier pretensión de superioridad, y a todo aquello que pueda incomodar a las otras religiones.

Según las profecías y revelaciones privadas, la unificación de las religiones se dará en una situación en que habrá "dos Papas en Roma", en un contexto idéntico al de Benedicto XVI y Francisco. Cuando haya dos Papas, habrá una repentina invasión de Rusia sobre Europa, en coincidencia con la Guerra de Ezequiel. Entonces, el Papa legítimo tendrá que huir de Roma y refugiarse, mientras que el antipapa se quedará gobernando la Iglesia.

Según San Pablo, el anticristo se manifestará una vez que el Papa legítimo sea echado fuera: "Tan solo con quitar de en medio a aquel que lo retiene, entonces se manifestará el impío" (2 Tes 2, 6-8).

En ese momento, el antipapa terminará de traicionar la fe aceptando la unificación de las religiones y renunciando a la propia identidad católica:

Dice el P. Paul Kramer, "El antipapa y sus colaboradores apóstatas serán, como dijo la Hermana Lucía, partidarios del demonio, los que trabajarán para el mal sin tener miedo de nada".

También están las palabras de la Virgen reveladas en La Salette a Melania: "Roma perderá la fe, y se convertirá en la sede del Anticristo".

La beata Ana Catalina Emmerick, religiosa Agustina, en 1820: "Vi una fuerte oposición entre dos Papas, y vi cuan funestas serán las consecuencias de la falsa iglesia, vi que la Iglesia de Pedro será socavada por el plan de una secta. Cuando esté cerca el reino del Anticristo, aparecerá una religión falsa que estará contra la unidad de Dios y de su Iglesia. Esto causará el cisma más grande que se haya visto en el mundo".

La nueva iglesia apoyará la unificación de las religiones y la falsa paz, cumpliéndose lo dicho por Jesucristo en el sentido de que incluso los elegidos podrán ser engañados.

Solo Jesucristo es el dador de la verdadera Paz, y la suya es totalmente distinta a la que ofrecerán el falso profeta y el anticristo: "La paz os dejo, mi paz os doy; no como el mundo la da os la doy Yo" (Jn 14, 27).

La suya es verdadera pues proviene de la conversión del corazón y de la reconciliación con el Padre, la cual es posible porque Jesucristo nos redimió con los méritos de su pasión, muerte y resurrección. Jesús nos liberó de la esclavitud del pecado y de la consiguiente falta de paz interior: "Y que la paz de Cristo reine en vuestros corazones, a la cual fuisteis llamado en un solo cuerpo..." (Col 3, 15).

Por ello, es absolutamente imposible confundir la Paz del Reino de Jesucristo, con la falsa paz del anticristo: solo la sangre de Cristo puede dar muerte al odio para posibilitar la paz y unificación humana verdaderas.

El falso profeta, cuando se manifieste, no reconocerá que Jesucristo es Dios, al contrario, se querrá situar por encima de Él pretendiendo haberlo inspirado. Mucho menos reconocerá que Cristo está realmente presente en la Eucaristía, fuente de vida y de paz espiritual.

El falso profeta no predicará la santidad por la Cruz, sino una filantropía y una espiritualidad inmanentes, basadas en la idea de humanizar las estructuras del mundo mediante la solidaridad, la tolerancia y la promoción de una sola religiosidad universal neutra.

Propondrá un bienestar planetario, una armonía global fraterna en que la historia de la salvación será diluida, el Dios de la redención ignorado y la Resurrección de Cristo desconocida.

Prometerá una beatitud paradisíaca en la que bien y mal se funden en un equilibrio psicológico que se transforma en supuesta luz, mientras naturaleza, humanidad y divinidad se confunden para superar panteísticamente la frontera que las divide.

Pretenderá haber inspirado en el pasado a los distintos profetas, hombres espiritualizados y fundadores de religiones que han existido, añadiendo que ahora comenzará a ser reconocido por el mundo como el esperado por todas las religiones.

El promotor de la falsa paz, el falso profeta, será un remedo de Jesucristo y pretenderá falsificar su Retorno siete años antes de que éste acontezca.

Su amo, el anticristo, será un judío de la tribu de Dan que engañará a los propios judíos con ser el mesías prometido, por lo cual conviene recordar el reproche que Jesucristo les hizo: "Vine en nombre de mi Padre y no me habéis recibido, pero vendrá otro en su propio nombre, y a ese sí lo recibiréis" (Jn 5, 43).

El falso profeta tratará de engañar a los cristianos suplantando al mismo Cristo, remedando la Parusía: "Mirad que nadie os engañe; porque vendrán muchos en mi nombre diciendo: Yo soy el Cristo; y engañarán a muchos. Porque se levantarán falsos cristos y falsos profetas, y harán señales y prodigios, para engañar, si fuese posible, aún a los escogidos." (Mc 13,5; 22).

Y también intentará engañar a las demás religiones, presentándose como el Maitreya que esperan los budistas, el Imán Mahdi que aguardan los musulmanes, la reencarnación de Krishna para los indús, el mesías anhelado por los judíos.

Sin embargo, con todo y sus "milagros" y su simulación de amor, se irá poniendo de manifiesto su falsedad y su fraude, hasta que no le quede otra cosa que secundar la persecución cruel y perversa de su señor, el anticristo.

Sabemos, por la Biblia y las revelaciones de Fátima, que al final triunfará el inmaculado Corazón de María, y que el Reino de Jesucristo será aceptado por todo el mundo. Pero antes vendrá el engaño de la falsa paz.

Cuando caiga toda la ficción irenista retornará el único, auténtico y eterno "Príncipe de la Paz", Jesucristo nuestro Señor. En ese momento Jesús nos devolverá, a quienes hayamos sido fieles al Magisterio, aquello que nos fue quitado temporalmente: la paz. Y nos dirá, como cuando se apareció en medio de sus discípulos que se encontraban temerosos y a puertas cerradas después de su aparente derrota en la Cruz: "La paz con vosotros" (Jn 20, 26).

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Last modified on Viernes, 02 Noviembre 2018 19:12
José Alberto Villasana Munguía

José Alberto Villasana Munguía es escritor y analista de escenarios políticos, económicos y religiosos internacionales.

Estudió Teología (Universidad Gregoriana de Roma), Filosofía (Universidad Angelicum de Roma), Humanidades Clásicas (Centro de Estudios Superiores de Salamanca, España) y Comunicación Internacional (ITAM, México), especializándose en Escatología desde 1995.

Es Consejero Académico del Instituto Internacional de Derechos Humanos.

Es miembro directivo del Club de Periodistas de México.

Es Presidente de la asociación civil Vida para Nacer.

Ha recibido en tres ocasiones el Premio Nacional de Periodismo en categorías de Investigación de Fondo.